Momentos I y II
El gol 16 de Klose y el mineirazo.
Las dos
Alemanias, las mil favelas y los malqueridos.
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| Foto: ESPN |
La gran
mayoría de los aficionados que esperan este mundial, ni siquiera habían nacido
cuando Uruguay arrebató el campeonato a Brasil en el maracaná, en 1950. Sin
embargo, el dolor sigue presente, y la única forma de aliviarlo es clara:
Levantar el trofeo en casa.
Es junio del
2014 y el plazo se cumple. Brasil está a
sólo un paso de llegar al Maracaná y jugar la final. El partido contra
Alemania inicia pero el local parece no
darse cuenta de ello hasta el minuto 30 de juego, cuando se encuentra perdiendo
5-0. ¿Cinco? Sí ya van cinco y al partido le resta una hora. La gente llora en
la tribuna, tal como había pasado el 16 de julio de 1950.
Regresamos 64
años, y más de 170 mil personas inundan las gradas del Maracaná. Todas ellas
están llenas de confianza, la fiesta es absoluta. Un simple empate ante Uruguay
basta para que Brasil, por primera vez en su historia, se corone campeón del mundo y ante su
afición.
“Cumplí con mi
palabra construyendo este estadio. Cumplan ahora su deber y ganen la copa del
mundo”. El alcalde de Rio de Janeiro, Angelo Mendes de Morales, alienta o
amenaza a los 11 jugadores brasileños que harán historia. Pero ellos no
pudieron, no “cumplieron” su deber y fueron derrotados 2-1 por Uruguay. Ha
nacido el maracanzo y con ellos un desdén a los miembros de ese equipo que
arrastrará la derrota por el resto de su vida.
Roberto
Muylaert, escritor brasileño relata una plática que en una ocasión tuvo con
Moacyr Barbosa, portero de la selección verdeameralea en el maracanazo. Una
mujer ve al guardameta, voltea a su hijo y le dice “Ese hombre fue la desgracia
de Brasil”, Barbosa la escucha, se acerca y responde “Usted no había nacido, su
hijo tampoco. ¿Por qué me trata así?”
El grupo
completo de jugadores son: Barbosa, Augusto, Juvenal, Bigode, Bauer, Danilo,
Zizinho, Jair, Friaca, Ademir y Chico. Ellos son los nombres, los hombres que,
el ya mencionado 16 de julio de 1950 dejan ir la copa del mundo, convirtiéndose en los malqueridos de la afición brasileña.
A unos
kilómetros del Maracaná los otros malqueridos de la sociedad brasileña. Ellos
no tienen nombre. El lugar donde viven es su identificación, simplemente son
“los de las favelas”. Hay poco más de 50
millones de habitante en Brasil, en 1950, y es este es el año en el que el Instituto Brasileño de
Geografía y Estadística (IBGE), censa
por primera vez el número de personas que viven en las favelas de Río de
Janeiro. Casas amontonadas, con gente amontonada. Sin agua, sin luz, sin
seguridad. Con pobreza, con hambre, con desprecio. Son casi 170 mil seres
humanos que viven en esas condiciones, más o menos la misma cantidad que la de
los asistentes al maracanazo.
La década de
los cincuentas sigue su curso en el país. El periodista Joao Máximo asegura que
“Se veía a la selección de Brasil como una representación del país”. La trágica
derrota ante Uruguay en las canchas, fue acompañada de una derrota de los
marginados en la sociedad, ¿o no es al revés? Como sea, el crecimiento como
país, que, en parte, el mundial prometía, no se está dando. El país se está
industrializando, eso no se traduce automáticamente en bienestar social. La
pobreza va en crecimiento, y no sólo eso, un nuevo fenómeno crece y crece con
fuerza en las calles: la violencia.
Brasil tiene
dos misiones. Una en el plano futbolístico, que es esperar nadie sabe cuántos
años a que una nueva copa del mundo llegue a su país y ahora sí salir
victoriosos. La otra, detener el crecimiento de las favelas pues es un reflejos
de los abandonados, los hambrientos, del fracaso de una sociedad que margina y
empobrece.
Los años pasan
y, entre otros, llega Pelé, quien le da tres títulos mundiales a Brasil. Sin
embargo, el maracanazo sigue lastimando al país, pero hay esperanza. Pero a los
que duermen en casas encimadas, entre balas perdidas y pocas oportunidades, a
ellos nadie les da ni un poco de esperanza.
Más tarde, en
1994 la selección lidereada por Romario también se consagra como campeona del
mundo, al igual que la de 2002 de Ronaldo, el astro brasileño que, en el
mundial de Alemania 2006, se convertiría en el nuevo máximo goleador en la
historia de las copas del mundo, con 15 anotaciones.
En 2014,
Neymar parece ser el nuevo encargado de llevar a Brasil al campeonato, tal como
Pelé, Romario y Ronaldo lo hicieron. Pero su destino es muy distinto, pues una
lesión en la espalda, en el partido de cuartos de final ante Colombia, lo deja
fuera del resto mundial. Por otro lado, tal como el brasileño Ronaldo impuso una
nueva marca en Alemania, es turno de que el germano Miroslav Klose haga lo
propio en territorio carioca.
El segundo de
los siete goles con los que Alemania arrolla a Brasil, es el gol histórico para
Klose, quien con 16 anotaciones supera a
Ronaldo. Por si en algún universo, la humillante goleada fuera poco, Alemania
no sólo se queda con la dignidad del fútbol brasileño, sino también con el
nuevo máximo anotador en copas del mundo.
Muller,
Khedira y Kroos, en dos ocasiones, completan la los cinco goles que Brasil se
come antes de descanso. Para el segundo tiempo, elevando la cifra a siete,
aparece Andre Schurrle, uno de los también siete jugadores que nacieron en una
Alemania unificada. El resto de la plantilla nació, de hecho, en dos naciones
distintas: Alemania Democrática y Alemania Federal.
La primera
participación alemana en una copa del mundo fue en Italia 1934, repitiendo en
Francia 1938. Un año después, el país germano fue el encargado de iniciar oficialmente
la Segunda Guerra Mundial, invadiendo a Polonia.
Es 1949, y
tras la desgracia y miseria que dejó la Guerra, se gesta un nuevo conflicto, la
Guerra Fría. Del mismo modo el país germano se divide. Por un lado, con el
apoyo, impulso e injerencia directa de los aliados (Estados Unidos, Gran
Bretaña y Francia), está Alemania federal u occidental. Por el otro, teniendo
detrás a la Unión Soviética, aparece Alemania Democrática u oriental.
Capitalismo vs Socialismo.
Cinco años más
tarde, Alemania Federal consigue su primer título, en el mundial de Suiza 1954,
venciendo sorpresivamente 3-2 a la selección de Hungría. Por su parte, el
representativo de Alemania Democrática ni siquiera participa en las
eliminatorias previas a la copa del mundo. Es hasta Suecia 1958 que juega por
primera vez una clasificación, sin embargo, no consigue llegar a la meta.
Durante esos
años y hasta 1960, se registra una migración de alrededor de 3 millones de
personas de Alemania Democrática a Alemania Federal, por lo que Walter Ulbrincht, Presidente del
Consejo de Estado, de Alemania Democrática, ordena en 1961 el levantamiento de
una cerca que divida Berlín oriental, de Berlín occidental. A partir de este
momento es prácticamente imposible cruzar del Berlín oriental al occidental.
Son 156 km del
muro que divide la ciudad, a la población y a la paz. La valla se levanta en un
parpadeo y muchas personas no tienen oportunidad de encontrarse con los suyos.
Literalmente, muchas familias se ven partidas a la mitad, sin darles chance alguna de hacer algo al respecto, al menos por
la vía legal. El régimen Democrático es claro, así como las órdenes. Es trabajo
de 30 mil guardias fronterizos detener a cualquier precio a quien quiera
cruzar, en otras palabras, asesinar a cualquier humano que quiera salir de
Berlín oriental.
Uno de los 30
mil guardias es Wolgang Engels, quien roba un vehículo blindado para intentar
escapar. Es descubierto y sabe que ahora no hay marcha atrás, por lo que
acelera a fondo para derribar el muro y llegar a Berlín occidental, pero se
queda a un paso, pues a pesar de derribar el muro, el vehículo, con él dentro,
sigue en territorio Democrático. Los soldados empiezan a dispararle, “¿Porque
qué más se puede hacer?”. Del otro lado del muro, personas ayudan a Engeles a
cruzar, quien deja su sangre en el alambre de puas que corona el muro.
Finalmente lo logra, herido y con cargos en su contra, Engels escapa. Deja
atrás a su familia, a su madre, quien por cierto, lo señala como traidor al
enterarse del hecho.
Han pasado tan
sólo 18 años desde que nació, pero para ella todo se ha terminado. Es una
joven, una niña que es asesinada a balazos en agosto de 1962, al intentar
cruzar el muro. Este es uno de los primeros casos de muerte, mediáticos del
régimen. Pero lejos de que signifique un cambio, las trampas para cruzar se
aumentan, así como la vigilancia.
A la espalda
de todos, el Ministerio para la Seguridad del Estado, la Stasi, se encarga de
“velar” por la seguridad de Alemania Democrática, persiguiendo y arrestando a
todo aquel que si quiera tuviera manifestaciones de un pensamiento distinto al
impuesto por el régimen. Sin embargo, la gente sigue intentando cruzar el muro
para reunirse con sus familias o simplemente para escapar hacia lo que ellos
llamaban la libertad.
Han pasado 13
años desde el levantamiento del muro. Por su parte, tras cuatro intentos
fallidos, la selección de la Alemania Democrática se clasifica por primera vez
a una copa del mundo: Alemania Federal
1974. El 22 de junio de ese año ambas Alemanias se enfrentaron en partido
correspondiente al grupo A, resultando ganadora la selección oriental, por 1-0.
Un enfrentamiento entre un país, que se convirtió en dos. Un conflicto que ha
enterrado a cientos de personas en su intento por cruzar el muro, del que
ninguna culpa tienen. Miles son perseguidos por el simple hecho de pensar o
desear ver a sus familias que se encuentran del otro lado de una barrera que
nadie pidió.
Alemania
Federal levanta el trofeo en casa, al reponerse de su derrota ante Alemania
Oriental, consiguiendo así su segundo título mundial, para 16 años después,
conseguir el tercero en Italia 1990. En vísperas de ese mundial, el 9 de noviembre de 1989, el Estado de
Alemania Democrática da un anuncio: Los residentes del país, ahora son libres
de salir de él. Inmediatamente la frontera con Alemania Federal se abarrota. La
gente está llena de alegría, la celebración es mayúscula. Esa misma noche el
muro de Berlín cae, el mismo que vio a más de 1,200 personas morir al intentar
cruzarlo, el que separó durante 28 años a padres, hijos, madres, esposos y
hermanos. El que separó a todos.
Casi un año
más tarde, el 30 de octubre de 1990 oficialmente la Alemania Democrática se
disuelve, dando así, paso a la reunificación. Una semana después, el 6 de
noviembre, nace André Schurrle, quien casi 24 años más tarde sería parte del
equipo que haría tetracampeón del mundo a Alemania.
Andre Schurrle
hace un golazo, para poner el momentáneo 7-0 alemán, ante Brasil. Julio César,
el arquero brasileño se tira rendido al suelo, no puede más, nadie en todo el
país sudamericano puede más. Un nuevo trauma ha nacido para el futbol
brasileño. Perder 2-1 en casa, como sucedió ante Uruguay en 1950, ahora parece
un halago. El país falló.
Del maracanazo
al mineirazo la población de Brasil creció casi cuatro veces, llegando a poco
más de 190 millones de habitantes. La población de las alrededor de mil cien
favelas, también aumentó. Según el censo
de 2010, son 11.4 millones las personas que viven en ellas. Es decir, más de 50
veces el número registrado en el censo de 1950. Durante esos 64 años las calles
se fueron llenando de niños, de delincuencia, de pobreza, de hambre y
violencia. También durante ese tiempo los niños han sido sacados de las calles
en bolsas negras, como sucedió en la masacre de la Candelaria en Rio de
Janeiro, en 1991, donde 8 murieron asesinados por policías. Pero eso es sólo un
ejemplo, pues según el IBGE, en 1990 murieron 445 niños y adolescentes a manos
de fuerzas de inteligencia policial, así como de narcotraficantes.
Es posible que
los malqueridos del maracanazo hayan sido sustituidos por los del mineirazo o
al menos acompañados. Desde la derrota ante Uruguay, el sueño era uno, jugar
una nueva copa del mundo en casa y ganarla. La realidad es adversa, el dolor
más grande y el fracaso absoluto. Los otros malqueridos, los de la sociedad y
del gobierno, no tienen sustitutos. Ellos siguen en los cerros, abandonados,
sin oportunidades y creciendo en número. El censo a las favelas de 1950 buscaba
sentar cifras para conocer un fenómeno y resolverlo. La realidad es adversa, la
pobreza extrema, la violencia diaria, el dolor más grande y el fracaso
absoluto.
De lo que
dejaron los malqueridos del maracanazo y de las favelas de 1950, nada mejoró.
Se soñó mucho pero se hizo poco. Nada se recuperó, sólo se perdió. Se perdió
más, mucho más.




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