miércoles, 25 de noviembre de 2015

Perfiles

Momentos I y II
El gol 16 de Klose y el mineirazo.
Las dos Alemanias, las mil favelas y los malqueridos.

Foto: ESPN
“La ganadora de cinco copas del mundo buscará en siete años la revancha para olvidar el ‘maracanazo’, en 1950”. Es 30 de octubre del 2007 y el diario español El País informa sobre la elección de Brasil como el anfitrión para el mundial del 2014. Y es que el fútbol brasileño sigue traumado, pues proclamarse campeón del mundo cinco veces no ha sido suficiente para borrar lo ocurrido hace más de medio siglo.

La gran mayoría de los aficionados que esperan este mundial, ni siquiera habían nacido cuando Uruguay arrebató el campeonato a Brasil en el maracaná, en 1950. Sin embargo, el dolor sigue presente, y la única forma de aliviarlo es clara: Levantar el trofeo en casa.

Es junio del 2014 y el plazo se cumple.  Brasil está a sólo un paso de llegar al Maracaná y jugar la final. El partido contra Alemania  inicia pero el local parece no darse cuenta de ello hasta el minuto 30 de juego, cuando se encuentra perdiendo 5-0. ¿Cinco? Sí ya van cinco y al partido le resta una hora. La gente llora en la tribuna, tal como había pasado el 16 de julio de 1950.

Regresamos 64 años, y más de 170 mil personas inundan las gradas del Maracaná. Todas ellas están llenas de confianza, la fiesta es absoluta. Un simple empate ante Uruguay basta para que Brasil, por primera vez en su historia,  se corone campeón del mundo y ante su afición.

“Cumplí con mi palabra construyendo este estadio. Cumplan ahora su deber y ganen la copa del mundo”. El alcalde de Rio de Janeiro, Angelo Mendes de Morales, alienta o amenaza a los 11 jugadores brasileños que harán historia. Pero ellos no pudieron, no “cumplieron” su deber y fueron derrotados 2-1 por Uruguay. Ha nacido el maracanzo y con ellos un desdén a los miembros de ese equipo que arrastrará la derrota por el resto de su vida.

Roberto Muylaert, escritor brasileño relata una plática que en una ocasión tuvo con Moacyr Barbosa, portero de la selección verdeameralea en el maracanazo. Una mujer ve al guardameta, voltea a su hijo y le dice “Ese hombre fue la desgracia de Brasil”, Barbosa la escucha, se acerca y responde “Usted no había nacido, su hijo tampoco. ¿Por qué me trata así?”

El grupo completo de jugadores son: Barbosa, Augusto, Juvenal, Bigode, Bauer, Danilo, Zizinho, Jair, Friaca, Ademir y Chico. Ellos son los nombres, los hombres que, el ya mencionado 16 de julio de 1950 dejan ir la copa del mundo, convirtiéndose  en los malqueridos de la afición brasileña.

A unos kilómetros del Maracaná los otros malqueridos de la sociedad brasileña. Ellos no tienen nombre. El lugar donde viven es su identificación, simplemente son “los de las favelas”.  Hay poco más de 50 millones de habitante en Brasil, en 1950, y es este es  el año en el que el Instituto Brasileño de Geografía y Estadística (IBGE),  censa por primera vez el número de personas que viven en las favelas de Río de Janeiro. Casas amontonadas, con gente amontonada. Sin agua, sin luz, sin seguridad. Con pobreza, con hambre, con desprecio. Son casi 170 mil seres humanos que viven en esas condiciones, más o menos la misma cantidad que la de los asistentes al maracanazo.


La década de los cincuentas sigue su curso en el país. El periodista Joao Máximo asegura que “Se veía a la selección de Brasil como una representación del país”. La trágica derrota ante Uruguay en las canchas, fue acompañada de una derrota de los marginados en la sociedad, ¿o no es al revés? Como sea, el crecimiento como país, que, en parte, el mundial prometía, no se está dando. El país se está industrializando, eso no se traduce automáticamente en bienestar social. La pobreza va en crecimiento, y no sólo eso, un nuevo fenómeno crece y crece con fuerza en las calles: la violencia.

Brasil tiene dos misiones. Una en el plano futbolístico, que es esperar nadie sabe cuántos años a que una nueva copa del mundo llegue a su país y ahora sí salir victoriosos. La otra, detener el crecimiento de las favelas pues es un reflejos de los abandonados, los hambrientos, del fracaso de una sociedad que margina y empobrece.

Los años pasan y, entre otros, llega Pelé, quien le da tres títulos mundiales a Brasil. Sin embargo, el maracanazo sigue lastimando al país, pero hay esperanza. Pero a los que duermen en casas encimadas, entre balas perdidas y pocas oportunidades, a ellos nadie les da ni un poco de esperanza.

Más tarde, en 1994 la selección lidereada por Romario también se consagra como campeona del mundo, al igual que la de 2002 de Ronaldo, el astro brasileño que, en el mundial de Alemania 2006, se convertiría en el nuevo máximo goleador en la historia de las copas del mundo, con 15 anotaciones.

En 2014, Neymar parece ser el nuevo encargado de llevar a Brasil al campeonato, tal como Pelé, Romario y Ronaldo lo hicieron. Pero su destino es muy distinto, pues una lesión en la espalda, en el partido de cuartos de final ante Colombia, lo deja fuera del resto mundial. Por otro lado, tal como el brasileño Ronaldo impuso una nueva marca en Alemania, es turno de que el germano Miroslav Klose haga lo propio en territorio carioca.

El segundo de los siete goles con los que Alemania arrolla a Brasil, es el gol histórico para  Klose, quien con 16 anotaciones supera a Ronaldo. Por si en algún universo, la humillante goleada fuera poco, Alemania no sólo se queda con la dignidad del fútbol brasileño, sino también con el nuevo máximo anotador en copas del mundo.

Muller, Khedira y Kroos, en dos ocasiones, completan la los cinco goles que Brasil se come antes de descanso. Para el segundo tiempo, elevando la cifra a siete, aparece Andre Schurrle, uno de los también siete jugadores que nacieron en una Alemania unificada. El resto de la plantilla nació, de hecho, en dos naciones distintas: Alemania Democrática y Alemania Federal.

La primera participación alemana en una copa del mundo fue en Italia 1934, repitiendo en Francia 1938. Un año después, el país germano fue el encargado de iniciar oficialmente la Segunda Guerra Mundial, invadiendo a Polonia.

Es 1949, y tras la desgracia y miseria que dejó la Guerra, se gesta un nuevo conflicto, la Guerra Fría. Del mismo modo el país germano se divide. Por un lado, con el apoyo, impulso e injerencia directa de los aliados (Estados Unidos, Gran Bretaña y Francia), está Alemania federal u occidental. Por el otro, teniendo detrás a la Unión Soviética, aparece Alemania Democrática u oriental. Capitalismo vs Socialismo.


Cinco años más tarde, Alemania Federal consigue su primer título, en el mundial de Suiza 1954, venciendo sorpresivamente 3-2 a la selección de Hungría. Por su parte, el representativo de Alemania Democrática ni siquiera participa en las eliminatorias previas a la copa del mundo. Es hasta Suecia 1958 que juega por primera vez una clasificación, sin embargo, no consigue llegar a la meta.

Durante esos años y hasta 1960, se registra una migración de alrededor de 3 millones de personas de Alemania Democrática a Alemania Federal,  por lo que Walter Ulbrincht, Presidente del Consejo de Estado, de Alemania Democrática, ordena en 1961 el levantamiento de una cerca que divida Berlín oriental, de Berlín occidental. A partir de este momento es prácticamente imposible cruzar del Berlín oriental al occidental.

Son 156 km del muro que divide la ciudad, a la población y a la paz. La valla se levanta en un parpadeo y muchas personas no tienen oportunidad de encontrarse con los suyos. Literalmente, muchas familias se ven partidas a la mitad, sin darles chance  alguna de hacer algo al respecto, al menos por la vía legal. El régimen Democrático es claro, así como las órdenes. Es trabajo de 30 mil guardias fronterizos detener a cualquier precio a quien quiera cruzar, en otras palabras, asesinar a cualquier humano que quiera salir de Berlín oriental.

Uno de los 30 mil guardias es Wolgang Engels, quien roba un vehículo blindado para intentar escapar. Es descubierto y sabe que ahora no hay marcha atrás, por lo que acelera a fondo para derribar el muro y llegar a Berlín occidental, pero se queda a un paso, pues a pesar de derribar el muro, el vehículo, con él dentro, sigue en territorio Democrático. Los soldados empiezan a dispararle, “¿Porque qué más se puede hacer?”. Del otro lado del muro, personas ayudan a Engeles a cruzar, quien deja su sangre en el alambre de puas que corona el muro. Finalmente lo logra, herido y con cargos en su contra, Engels escapa. Deja atrás a su familia, a su madre, quien por cierto, lo señala como traidor al enterarse del hecho.

Han pasado tan sólo 18 años desde que nació, pero para ella todo se ha terminado. Es una joven, una niña que es asesinada a balazos en agosto de 1962, al intentar cruzar el muro. Este es uno de los primeros casos de muerte, mediáticos del régimen. Pero lejos de que signifique un cambio, las trampas para cruzar se aumentan, así como la vigilancia.

A la espalda de todos, el Ministerio para la Seguridad del Estado, la Stasi, se encarga de “velar” por la seguridad de Alemania Democrática, persiguiendo y arrestando a todo aquel que si quiera tuviera manifestaciones de un pensamiento distinto al impuesto por el régimen. Sin embargo, la gente sigue intentando cruzar el muro para reunirse con sus familias o simplemente para escapar hacia lo que ellos llamaban la libertad.

Han pasado 13 años desde el levantamiento del muro. Por su parte, tras cuatro intentos fallidos, la selección de la Alemania Democrática se clasifica por primera vez a una copa del mundo:  Alemania Federal 1974. El 22 de junio de ese año ambas Alemanias se enfrentaron en partido correspondiente al grupo A, resultando ganadora la selección oriental, por 1-0. Un enfrentamiento entre un país, que se convirtió en dos. Un conflicto que ha enterrado a cientos de personas en su intento por cruzar el muro, del que ninguna culpa tienen. Miles son perseguidos por el simple hecho de pensar o desear ver a sus familias que se encuentran del otro lado de una barrera que nadie pidió.

Alemania Federal levanta el trofeo en casa, al reponerse de su derrota ante Alemania Oriental, consiguiendo así su segundo título mundial, para 16 años después, conseguir el tercero en Italia 1990. En vísperas de ese mundial,  el 9 de noviembre de 1989, el Estado de Alemania Democrática da un anuncio: Los residentes del país, ahora son libres de salir de él. Inmediatamente la frontera con Alemania Federal se abarrota. La gente está llena de alegría, la celebración es mayúscula. Esa misma noche el muro de Berlín cae, el mismo que vio a más de 1,200 personas morir al intentar cruzarlo, el que separó durante 28 años a padres, hijos, madres, esposos y hermanos.  El que separó a todos.

Casi un año más tarde, el 30 de octubre de 1990 oficialmente la Alemania Democrática se disuelve, dando así, paso a la reunificación. Una semana después, el 6 de noviembre, nace André Schurrle, quien casi 24 años más tarde sería parte del equipo que haría tetracampeón del mundo a Alemania.

Andre Schurrle hace un golazo, para poner el momentáneo 7-0 alemán, ante Brasil. Julio César, el arquero brasileño se tira rendido al suelo, no puede más, nadie en todo el país sudamericano puede más. Un nuevo trauma ha nacido para el futbol brasileño. Perder 2-1 en casa, como sucedió ante Uruguay en 1950, ahora parece un halago. El país falló.

Del maracanazo al mineirazo la población de Brasil creció casi cuatro veces, llegando a poco más de 190 millones de habitantes. La población de las alrededor de mil cien favelas,  también aumentó. Según el censo de 2010, son 11.4 millones las personas que viven en ellas. Es decir, más de 50 veces el número registrado en el censo de 1950. Durante esos 64 años las calles se fueron llenando de niños, de delincuencia, de pobreza, de hambre y violencia. También durante ese tiempo los niños han sido sacados de las calles en bolsas negras, como sucedió en la masacre de la Candelaria en Rio de Janeiro, en 1991, donde 8 murieron asesinados por policías. Pero eso es sólo un ejemplo, pues según el IBGE, en 1990 murieron 445 niños y adolescentes a manos de fuerzas de inteligencia policial, así como de narcotraficantes.

Es posible que los malqueridos del maracanazo hayan sido sustituidos por los del mineirazo o al menos acompañados. Desde la derrota ante Uruguay, el sueño era uno, jugar una nueva copa del mundo en casa y ganarla. La realidad es adversa, el dolor más grande y el fracaso absoluto. Los otros malqueridos, los de la sociedad y del gobierno, no tienen sustitutos. Ellos siguen en los cerros, abandonados, sin oportunidades y creciendo en número. El censo a las favelas de 1950 buscaba sentar cifras para conocer un fenómeno y resolverlo. La realidad es adversa, la pobreza extrema, la violencia diaria, el dolor más grande y el fracaso absoluto.

De lo que dejaron los malqueridos del maracanazo y de las favelas de 1950, nada mejoró. Se soñó mucho pero se hizo poco. Nada se recuperó, sólo se perdió. Se perdió más, mucho más.






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